| Noventa años de anticomunismo |
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| Escrito por Izquierda Anticapitalista de Castilla y León |
| Domingo 15 de Enero de 2012 23:46 |
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Pepe Gutiérrez-Álvarez La historia del anticomunismo en este país es muy anterior a la del propio comunismo. Por lo bajo, se remonta a los tiempos de “la internacional”, tachada como “la piedra filosofal del crimen”, y por lo tanto una hidra contra la que todo estaba permitido. La conspiración gubernamental conocida como “La Mano Negra” tiene la singular virtud de evidenciar que "Ese interés abrumador por imputar a los anarquistas cualquier crimen con el fin de deteriorar la imagen del colectivo ha sido una constante en la historia de este país y de cualquier país" (Juan Madrid, historiador y periodista, en referencia a Mano Negra). Esta y no otra fue la línea utilizada contra el obrerismo combativo, sobre todo en las fases en los que esta trataba de desafiar el círculo de miseria y opresión al que estaban condenados. De ahí pues que una revolución como la de Octubre fuese, simultáneamente, victoreada por las masas obreras y campesinas que soñaban con una sociedad igualitaria desde siempre, y maldecida por una reacción que desde el primer momento la estigmatizó como una maldición. Naturalmente esta actitud fue bendecida por una Iglesia que se había alineado con los poderosos, la misma que había justificado la esclavitud (en todo el siglo XIX no hay ni un solo ejemplo de denuncia del esclavismo que provenga de la Iglesia romana), son conocidas las palabras de Pío XI: “el comunismo es intrínsecamente perverso”, repetidas después hasta la saciedad por los que le negaban a los pobres los derechos más elementales. Nuestra derecha jamás dejó de decir lo peor sobre la Octubre, de negar cualquier virtud a la Rusia soviética, y no dudó dar un paso atrás en 1923, cuando estableció la dictadura de Primo de Rivera, cuya finalidad era “prevenir” el avance del movimiento obrero, en especial de la CNT, y no permitir que un bisoño PCE pudiera levantar cabeza, de tal manera que durante los siete años del régimen, las persecuciones, los encarcelamientos, la clausura de periódicos y locales, estuvieron a la orden del día. Más atrasada que Italia en cuando al poder militante, la dictadura no llegó a asumir los propósitos fascistas más que parcialmente, y no fue por hablar que el rey se refirió al general como “mi Mussolini”. En los primeros años de la II República, el “gran peligro” social no venía precisamente de un PCE debilitado por la represión y por la enfermedad estaliniana, pero el miedo a una revolución social cuyo emblema más evidente era la soviética, persistió en una fase en las derechas desde 1931, mostraran visceral su oposición al nuevo régimen. Para ellos la democracia era liza y llanamente la primera fase de una revolución. El asedio a la República se hará constante. Sobre todo a través del ruido de sables. En estos andarán implicados personajes harto simbólicos como el general Goded que en 1932 es jefe de Estado Mayor, y que simpatiza con el general Sanjurjo, quien a pesar de fracasar, será pronto liberado para regresará en julio de 1936 desde Portugal como aspirante a la “corona2 de los militares fascistas. También tratando por todos los medios para la propia República cumpla con las exigencias represivas. Así, durante la crisis de octubre de 1934, la derecha republicana y clerical coincidió en buscar un Thiers, o sea un republicano capaz de imponer los privilegios a sangre y fuego. Y, como sucederá en el Chile de Allende y en otras experiencias similares, con el recurso a la formación de grupos paramilitares financiados por ilustres monárquicos, los mismo que en el verano de 1933 imponen el acercamiento entre las JONS y el grupo de Primo de Rivera, y cuya finalidad será crear una situación de desorden que sirva para justificar la actuación militar. Para esta gente, el concepto “comunismo” es el que mejor se adapta para unificar criterios. Primero porque les servía para argumentar que todo “comunista” trabajaba para otro país, o sea para la URSS a la que acusan de querer dominar el mundo a través de los partidos comunistas. Su utilidad es pues internacional, y la reacción internacional puede decir que en España los católicos luchan “contra el comunismo”, y poco les importa que el “comunista” pueda ser simplemente un masón liberal que rechaza el comunismo tanto como ellos. Pero sucede que ni monárquicos ni falangistas cuenta con la influencia de masas que habían logrado Mussolini o Hitler, y de ahí que todos ellos acaben depositando en el Ejército la responsabilidad del golpe de Estado en julio de 1936, y al “ordeno y mando” militar”, la responsabilidad central en la “lucha contra el bolchevismo”. Sobre toda esta trama resulta inexcusable la exhaustiva investigación de Eduardo González Calleja, Contrarrevolucionarios. Radicalización violenta de las derechas durante la Segunda República, 1931-1936 (Alianza Ensayo, Madrid 2011) Son estas razones la que justifican que, contra toda verdad, el “Movimiento” se presente como un golpe preventivo justificada por una “conspiración comunista”, importándole muy poco si tiene o no un viso de realidad. Desde luego, no la tenía, en aquella época la URSS era la primera interesada en evitar cualquier “revolución comunista” que perturbara el acercamiento de Stalin a la Sociedad de Naciones, y las pruebas y documentos aducidos en este sentido son abrumadores. El PCE se había situado en la derecha republicana, y apostaba por la política de evitar conflictos sociales que pudieran ser utilizados por la reacción, pero lo fueron. Lo fueron también en Chile, donde el gobierno de Allende estaba en el poder por unas elecciones, y trabajaba dentro de una legalidad que a los militares golpistas les importaba tan poco como le importó a Franco. Lo cierto es que revolución estaba en el ambiente, se alimentaba del crecimiento constante del movimiento obrero y de la incapacidad burguesa de actuar como en Francia, concediendo mejoras parciales. Y también es cierto que la coartada anticomunista les resultó mucha más eficaz internacionalmente para recabar apoyos y complicidades. El anticomunismo se convirtió en la principal seña de identidad del régimen, y le sirvió tanto para el Pacto Antikominterm, como para acabar encontrando su lugar entre las potencias occidentales que se decían “el mundo libre”. La Gran Bretaña de Churchill, o los Estados Unidos de Truman y Eisenhower, preferían el franquismo que una República o incluso una monarquía constitucional en la que el movimiento obrero y los comunistas fuesen tan poderosos como habían llegado a serlo. Sabían perfectamente que fue ese movimiento el que se opuso a una sublevación que se pensaba como un paseo militar si acaso un poco más complicado que el de Primo de rivera en 1923. Hasta el final, el régimen siguió con sus tácticas anticomunistas por estas mismas razones, y de laguna manera sentaron cátedra ya que no fue otra cosa lo que hicieron en la Sudáfrica del “apartheid”, en la Indonesia de Sukarno o en el Chile de Pinochet. Es por eso que lo de “comunistas” llegó a ser sinónimo de oposición al régimen ya que si no era tal, pues era un “tonto útil”. Todavía, en el tiempo previo de la legalización del PCE, en las Cortes franquistas se empleaba la jerga “antitotalitaria” y se argumentaba que no se podía legalizar a un partido que debía obediencia a una potencia extranjera, y es que el cinismo es tan infinito o más que la estupidez humana. Aunque el anticomunismo partía de una opción contrarrevolucionaria que rechazaba cualquier espacio de democracia social, no es menos cierto que supo aprovecharse de los errores y horrores perpetrados en nombre del comunismo. De ahí aquellas imágenes tan patéticas ofrecidas desde TVE en programas de “historia”, en los que el “número uno” del PCE era abochornado por intelectuales cínicos que lo interrogan sobre los cadáveres que guardaba en su propio armario. Al final de todo, esto, el que había sido por excelencia “el Partido” de la Resistencia (por muchas razones, pero la más importante fue por la entrega extraordinaria de sus militantes de base), acabó ocupando el lugar de pariente pobre en una democracia que, al decir de Jordi Solé Tura, había superado finalmente el dilema comunismo-anticomunismo. Nada más lejos de la verdad ya que, sí bien el comunismo se diluyó llevándose por delante varias generaciones de militantes, arrastrando a las otrora potentes formaciones maoístas y dejando al PCE cuesta abajo, el anticomunismo se mantuvo como uno de los ejes de la alianza entre el neofranquismo y el neoliberalismo con el soporte felipista. El mismo Felipe que comenzó denunciando el anticomunismo, se reconcilió con éste en aquella fase famosa según la cual prefería antes morir en Nueva York que en Moscú. En el diario de Citizen Cebrián se hizo la ley la divisa de Pío XI, y desde los años ochenta se impuso la ecuación Stalin=Lenin=Trotsky…Se hablaba del final de la historia, pero parece que lo ha habido es el final de una página de la historia. La página del estalinismo debe yacer junto con un “Nunca más”, pero en lo que respecta al comunismo, al ideal de marxistas y anarquistas que no se doblegaron ante el poder, ese ideal es posible que, debidamente adaptado a las exigencias de la verdad y de los tiempos, esté más vivo que nunca. O al menos, así debería ser. |













