| Grandezas y miserias de la economía planificada |
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| Escrito por Izquierda Anticapitalista de Castilla y León |
| Miércoles 04 de Enero de 2012 14:49 |
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Pepe Gutiérrez-Álvarez Entonces, las críticas desde la democracia y el socialismo quedaron confundidas con las campañas denigratorias que la reacción había mantenido desde el mismo Octubre. Hubo otra oleada tras la victoria contra el Eje en la II Guerra Mundial, sin el pueblo de la URSS el Eje nazi-fascista también “habría pasado”. El entusiasmo anuló antiguos reparos, y según me testigos de entonces hubo anarquistas y poumistas que creyeron que al final de cuentas, Stalin había tenido razón con sus “purgas”. Este apoyo comenzó a declinar rápidamente en 1956 (Informe Jruschev, Octubre húngaro), pero se rehizo en los años sesenta. En 1967, a los 50 años de la toma del Palacio de Invierno, se da un nuevo impulso al prosovietismo aunque ya entonces irá acompañado de una pasión crítica “constructiva”. Podemos encontrar un espejo de esta fase en el enfoque que sobre la URSS y las “democracias populares” ofrecerá una revista tan representativa de la izquierda en los sesenta-setenta como “Triunfo”. Esta fase declina con el cisma chino-soviético, pero sobre todo en agosto de 1968 con los tanques rusos en Praga. El prosovietismo que sigue será mucho más marginal, y se refiere ante todo al “campismo”, o sea “la URSS será lo que será pero es una oposición a la prepotencia imperialista”. En esto, hasta los más críticos estábamos de acuerdo. El caso era que “la revolución” que había atravesado la historia social del siglo XX, solamente se había instalado en países que la ganaron para escapar al colonialismo y al atraso. El caso es que la mayor aventura revolucionaria no-capitalista concluye en los últimos días de diciembre de 1991. El mundo asistió asombrado ante lo que se vendía como una “liberación” aunque mayormente era un desastre. El evento tuvo lugar a las 12 de la noche del último día del año. En aquel momento se arriaba la bandera de la URSS y en su lugar, desde el propio Kremlin, se izaba la bandera de la Rusia “eterna”, en realidad, de otros zares. La gente del pueblo ruso, así como la de los otros países mal llamados socialistas, sabían que aquello no era lo que decía ser. Recordemos una vez más la magistral frase del camarada Rudi Dutschke: en el “socialismo real” hay muchas realidades, pero ninguna de ellas es el socialismo. Entonces, en la prensa se debatía sobre modelos alternativos, y se hablaba de ofertas diferentes como sí se tratara de escoger prendas en unos grandes almacenes. Lo más habitual era que se optará por el modelo sueco o el suizo, que eran los que también tuvo más éxitos aquí en el tardofranquismo y después. Poca gente sabía entonces que estos modelos iniciaban una cuenta atrás. Entre otras cosas porque las luchas sociales habían remitido, la socialdemocracia había ido apartándose de su base social, pero sobre todo porque, una vez desaparecida la URSS y con ella “el comunismo”, los poderosos del mundo se olvidaron de pasados miedos a la revolución, y comenzaron su “revolución conservadora”, y en esas estamos, solo que ahora en un tramo mucho más evidente. Ni que decir tiene que esta derrota fue acompañada por una furiosa campaña denigratoria cuya base argumental era que el estalinismo era la única medida de la experiencia. La revolución, el colectivismo, las luchas sociales, la utopía, las escuelas socialistas, todo entraban en el mismo saco, y bajo el alud propagandístico quedaba el mensaje primordial. Aquí lo ilustraron hasta la náusea con un chistecito reaccionario: el del minusválido que va a Lourdes con la esperanza de que Jesús hiciera el milagro, pero que en el momento más álgido se ve arrollado por una muchedumbre enloquecida, y entonces reza:”Virgencita, virgencita, ¡que me quede como estoy¡”. A mi la broma me recordaba aquel 11 de septiembre de 1977 en Barcelona, cuando los amigos y amigas de la Coordinadora de Discapacitados se peleó por ocupar el proscenio con su pancarta. Cuando se acabó la lucha se quedaron aislados, sin soñar con Lourdes, y sujetos a toda clase de atropellos, el último por uno de los hombres más próximos al Rey. Ha pasado el tiempo, y está claro que no hay milagros que valgan, pero los discapacitados hacían muy bien con soñar utopías aunque solamente fuese para luchar por su propia autoestima como colectivo. Igualmente queda claro que la experiencia soviética fue a pesar de todos los pesares, positiva. Los desastres del estalinismo no fueron productos de la revolución, sino victorias reaccionarias. En primer lugar del imperialismo que con una guerra civil aniquiladora y con un cerco permanente, logró destrozar las ya miserables condiciones objetivas existentes al final de una “Gran Guerra” que se había cebado con la vieja Rusia. Fue una victoria de las antiguas castas burocráticas que poseían la vieja cultura administrativa y que pudieron reciclarse en la “nomenclatura” ahora como “auténticos marxistas-leninistas”; eran los mismos que en 1991 aparecieron como feroces anticomunistas, y como primeros candidatos en la carrera de las privatizaciones. También lo fue de las tradiciones patrióticas y religiosas que subsistían bajo otras banderas, y lo había sido de una camarilla de funcionarios que habían hecho la revolución para lograr una promoción social que el zarismo les negaba… A pesar de todos estos pesares, las diferencias socioeconómicas entre los Estados Unidos y la Rusia soviética eran en 1917 alrededor de 25 más; en 1991 las diferencias se habían acortado a 5 por 1. Durante mucho tiempo, el modelo de desarrollo económico sin propiedad privada y mediante la planificación económica había llevado a la URSS a ser la segunda potencia mundial. Incluso se permitió soñar un adelanto del ultracapitalismo norteamericano allá por los años sesenta. Sobre este aspecto vale la pena registrar un libro reciente Abundancia roja: Sueño y utopía en la URSS, obra de Francis Spufford (1964), que ha sido traducido por Turner (Madrid, 2011), ha sido finalista del Orwell Prize de literatura política, sobre el incluyo como anexo la entrevista que le hicieron en el diario Público (11-12-2011) con las iniciales C.R. Y como –presumiblemente- este artículo suscitará cierto debate, dejamos aquí las cosas.
Anexo.
El humor de su libro está muy lejos de las clásicas novelas y biografías depresivas sobre la URSS en el siglo XX.
¿Qué opina de la economía planificada?
El problema es que, en la época de bonanza económica que acabó hace unos años, sobró egoísmo y búsqueda de un pelotazo y faltó reflexión y crítica al sistema que se estaba imponiendo. Durante décadas han faltado defensores de la planificación económica y las consignas que asocian mercado con libertad y planificación con dictadura se han adueñado de la mayoría de las mentes |













